lunes, 16 de enero de 2012

GUSTAVO TAPIA REYES SE REFIERE SOBRE LA ANTOLOGÍA DE POESÍA "LA ORGÍA INMÓVIL"



Tendencias temáticas en la antología La orgía inmóvil
15 poetas. Muestra de poesía joven en Ancash


Gustavo Tapia Reyes



Siempre hemos dudado de aquel gratuito adjetivo impuesto a la poesía “joven” solo por el hecho de que sus autores pertenezcan a un determinado año o periodo de nacimiento. O sea, joven, en tanto ¿aquellos son noveles autores carentes de la ansiada experiencia literaria? O porque la poesía, expresada en sí ¿todavía se encuentra viviendo un proceso de embrión? Interrogantes, probablemente de larga data, en la medida en que, salvo desconcertantes excepciones como el réprobo Arthur Rimbaud o el precoz Wolfgang Mozart en la música, el oficio en la poesía se va depurando con el tiempo, solo con los años se va adquiriendo ese extremo vertiginoso, donde a pesar de todo continúa vigente la incertidumbre, no tan plausible a la decantación como en la breve antología La orgía inmóvil 15 poetas. Muestra de poesía joven en Ancash, selección a cargo de los estudiosos Ricardo Ayllón y Alejandro Mautino*.

Con una sugerente acuarela de Octavio Paniagua en la portada, el mesurado prólogo de Camilo Fernández Cozman y el colofón de Macedonio VillafánBroncano, tenemos ante nuestros ojos a las voces “nuevas” –el entrecomillado resulta aquí necesario como nuestro– pugnando por emerger desde la hondonada, hacerse de un espacio propio, a partir de una serie de propuestas, agrupables, considerando los rasgos que les son tan comunes, después de una lectura pormenorizada. Pueda no haya sido dicha intención el norte de su trabajo, mas, deviene en natural encontrarlos en dicho nivel, debido a las experiencias académicas y acaso íntimas afinando sus sensibilidades, por caminos definitivamente próximos: todos y todas han pasado o pasan todavía por las aulas de la Universidad Nacional del Santa (Chimbote), Universidad Santiago Antúnez de Mayolo (Huaraz y Barranca), Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima), han participado de efímeros grupos o círculos literarios, obtenido algunos reconocimientos literarios y efectuado sus primeras publicaciones en revistas y periódicos así como a través de internet.

Empero, tales circunstancias, no los hace monocordes. Cada uno ha tratado de emprender su propio camino y, en dicha pugna con el tema, el lenguaje, la técnica, hay quienes comienzan a destacar por la solidez manifiesta en sus poemas. En tal sentido, en el primer grupo, grupo de avanzada dicho sea de paso, se encuentran formando un orden correlativo: Patricia Colchado Mejía (Chimbote, 1981) quien, habiendo publicado la plaqueta Hybercubus (2000), posteriormente los poemarios Blumen (2005) y Las pieles del Edén (2007), se perfila con una voz rotunda hecha de versos breves, precisos, exactos, demostrando una delicadeza en el tratamiento del lenguaje y la sutileza en el abordaje de los temas. Colchado Mejía deliberadamente huye a la estridencia y se inclina más bien por el susurro, la equidistancia, el sosiego, con un suave toque de erotismo: “abriéndose sin temor/ mis labios sienten la pulpa/ roja tierna/ de una fruta” (p.12).  Luego, se ubica Denisse Vega Farfán (Trujillo, 1986), acaso tan mediática hasta casi afectar la dimensión de su talento, con una poesía plagada de las eternas interrogantes del ser humano en torno al sino y la lógica, donde la voz se extiende en versos largos con resonancias de un marcado carácter surrealista, sea en su no tan logrado primer libro Euritmia (2005) como en el posterior, mejor elaborado Una morada tras los reinos (2008). Vega Farfán todavía prosigue en la búsqueda del hallazgo: “madre árbol piara/ desierto pez/ hacerse mar grisácea costa/ y sin embargo/ seguir tan inmóviles” (p.28). A continuación, cerrando este primer grupo, está Roxana Ghiglino (Lima, 1980), incansable apareciendo en revistas y demás publicaciones en la web aunque, no dejándose arrastrar por la densidad de lo inmediato, prefiere la reflexión al desbarajuste, el verso cuidadosamente trabajado a la espontaneidad de lo simple y, por eso mismo, cincela sus versos con una precisión, procurando alcanzar la trascendencia: “Empiezo por enredar mi propia sombra/ mi cuerpo rescatado de las hienas/ mi informe voz despedazada” (p.11).

Las anteriores están seguidas por quienes han convertido a la intertextualidad en una herramienta valiosa que les permite establecer un diálogo con la tradición literaria. Ninguno de ellos ha querido renegar de sus lecturas e incluso sus orígenes en el rubro; más bien, a partir de aquellas se inclinan por crear, digamos, su propia poesía. Así tenemos a Jaime Tranca Pérez (Caraz, 1982), entonando una voz relacionada con la del narrador mexicano Juan Rulfo en el sentido existencial de ser alguien, ser materia, ser cuerpo hecho de carne en alianza con quien se ama en forma real o platónica y se tiene la certeza de la afirmación: “Vivo o muerto, sucedo/ Y descanso de tanta lágrima que al final/ Solo pretende devolverme algo que se me cayó” (p.14). Tenemos a AxthedmioMauGuil  (Lima, 1988), seudónimo de Alejandro Mautino, rasgando los acordes de una poesía hecha de versos extensos entremezclados con versos cortos, extrayendo hábilmente un tópico del narrador argentino Jorge Luis Borges, al considerar aquel sueño como la base de todo para arribar a una estación desconcertante, donde el fin representa también el inicio: “abortar el cadáver sediento/ que cierra mis labios cierra el laberinto/ soñando al siguiente quien sueña escribir/ que se ha sido soñado” (p.33); mientras Joule Cáceres Ángeles (Huaraz, 1982), se encarga de remontarnos en el tiempo, centrarse en el siglo XVII, regocijarse desde don Quijote de la Mancha, el inmortal personaje creado por Miguel de Cervantes, para ir hilvanando unos versos que combinan a los molinos de viento con la urbe moderna, los caballeros andantes con el dolor siendo una constante irremediable: “mis alas rotas,/ mi alma rota./ Bendición de unos dioses que no conozco” (p.17).

La incontinencia verbal que los impulsa a escribir versículos repletos de una sobrante adjetivación, cayendo con frecuencia en la pura hojarasca, les impide depurar mejor sus propuestas a Luz Shuán Espinoza (Huaraz, 1982), empezando por definir una voz menos estridente, más exacta dentro de una poesía como género, siempre exigente de lo esencial, poniendo al margen lo accesorio. Shuán Espinoza quiere expresar algo, sin lograr decirlo: “Los vientos azules de aquella noche se tejen con las mañanas tardías/ eternamente tardías mis manos siguen manchadas/ marcadas con el lazo que tú libraste y condenaste” (p.19); a John López Morales (Chimbote, 1982), otro autor excesivamente mediático, movedizo en extremo, promotor inagotable de eventos poéticos y culturales, extraviado en una poesía que toma a la palabras cuales fueran elementos resonantes, no buscándoles su lado sugestivo para elegirlas acaso como paradigmas sino insuflándoles una semántica de raíces surrealistas y abstractas, imposibles de contener, salvo en el plano de lo absurdo: “los jardines danzan desnudos en sus estrellas de vidrio,/ como un muro repetido de árbol/ y como un sueño entre cordeles de aire y hierbas de agua” (p.21); llegando a cerrar este grupo con Carlos Maguiña Villarreal (Huaraz, 1982), igualmente desbordándose en una poesía de ruidos, oscilante en lo temático, oscura en la significación, todavía pendiente de ser aligerada y, aunque ello no implique se pueda caer en lo simple, nos deja la sensación de un vacío en la expresión: “Las adolescentes existen, reviven, juegan con hadas /Carnívoras,/ Con sexualidades manipuladas entre la ternura y el coito” (p.15).

La búsqueda de una propia identidad como individuos, íntimos y únicos, en relación con la sociedad dentro de la cual se desenvuelven, se hace latente en la poesía de Benggi Bedoya Rosales (Chimbote, 1986), configurándose dentro de una voz que, intentando hallar al otro desde el sentimiento amoroso, no anhela quedarse mirando hacia el interior de sí misma. Sus versos, tampoco ansiando los ropajes ni los ornamentos, debido a que Bedoya Rosales los ha desechado, recurren en consecuencia a la brevedad: “ayúdame ahora/ que las pesadillas han vuelto/ a sacudir mis cabellos” (p.26). Se halla también en este grupo: Ronal Marcelo Paulino (Recuay, 1985), pugnando por decir cuánto quiere, cuánto le es de imperiosa necesidad hacerlo, cuánto no puede callar en la medida en que está circunscrito a un espacio determinado del cual procede, sumergiéndose en una poesía de tonalidad existencial con ciertos aires barrocos: “He aquí una lágrima/ porque es un músculo agudo/ que depende de la situación” (p.24) y está, por supuesto, José Cárdenas Jara (Huancayo, 1988), todavía anhelando encontrar la voz que le permita brotar orondo desde su condición no del todo segura, por el contrario, oscilante, acaso indefinida, en tanto prosigue hurgando en las palabras, escapándosele de las manos: “y le calzo una frazada marchita a su gota/ comienzo también dándole la mano/ y algo más” (p.31). 

Mientras el individualismo a ultranza para asumir la condición humana, la conciencia de ser quien se es, provee a María Isabel Guillén (Chimbote, 1986) de una voz con un claro acento erótico, donde los versos cortos fluyen mezclándose con los versos largos, en medio de una inquietante densidad temática de comunión con el ser amado. Nos hace recordar mucho al primer Neruda: “Hazme vino y bébeme/ hasta saciar el afán de tus células sedientas/ Arrúllame sobre la estrechez pálida de tus lozanos muslos” (p25); a Christian Ahumada Heredia (Chimbote, 1987), de quien conocemos sus prometedores relatos breves, que por igual se trasladan hacia una poesía con tintes narrativos, tomando para ello a Perséfone, en la mitología griega, diosa de los muertos y la fertilidad de la tierra, a quien le dice: “Usted busca/ la eternidad en mi gruta/ de ventanas fijas y huerto helado” (p.30). Asimismo, dejamos en la expectativa de cuánto pueda hacer en este género a Eber Zorrilla Lizardo (Huari, 1982), a nuestro entender más narrador que poeta, quien por lo tanto, extrae el erotismo soterrado de su primer libro de cuentos Las almas también penan por amor (2007) y se desborda, se extiende, se afirma con unos versos largos de comunicativo lenguaje, bajo una expresión directa: “Déjame escupir blanco en el trigal acre de tu vientre,/ entre tus híbridas nalgas desnudas,/ en la dorada música de tus caderas” (p.20).

En suma, estamos ante las voces de quienes por la disciplina y por la rigurosidad mostrada en, parafraseando al poeta Antonio Cisneros, un oficio de locos que encima no da ningún dinero, se han adelantado en el camino para emerger evidenciando ya una poesía contundente, de perfiles propios y cadencias subyugantes, sobre todo en Patricia Colchado, sin menoscabo de Denisse Vega y Roxana Ghiglino o los intentos por identificarse desde su formación literaria, patentes en Jaime Tranca, AxthedmioMau o Joule Cáceres. También debemos rescatar los afanes por la permanente depuración, pese a los yerros, en los poemas de Benggi Bedoya, José Cárdenas, Ronal Marcelo, María Guillén, Eber Lizardo, Christian Ahumada y aguardar que solo el implacable tiempo se encargue de propiciar la madurez en todas y en todos los incluidos en la antología La orgía inmóvil 15 poetas, agregando a Luz Shuán, John López y Carlos Maguiña, para beneplácito, fortalecimiento y sobrevivencia de la poesía producida en esta parte del Perú, políticamente llamada Región Ancash. Se entiende entonces que lo restante, en consustancia al futuro, solo depende únicamente de ellas y de ellos, asimilando cada quien cuánta vida hay de por medio, cuántas lecturas alcanzan a asimilar en dicho transcurso, cuánto deben proseguir escribiendo sin prisa ni descanso.
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*AYLLÓN, Ricardo y MAUTINO, Alejandro.La orgía inmóvil 15 poetas. Muestra de la poesía joven en Ancash, Ornitorrinco Editores, Lima, mayo del 2009. En esta edición nos hemos basado para sacar las citas de este ensayo.

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