viernes, 20 de febrero de 2015

"EL HOMBRE DE LA GABARDINA" DE MARCOS YAURI MONTERO. UNA LECTURA SOBRE LA VIOLENCIA DEL TIEMPO

Marcos Yauri Montero (Huaraz, 1930) es un escritor infatigable, prueba de ello son sus obras distribuidas en poesía, novela y ensayo. Por la década de los años sesenta su figura como poeta se revela con un libro clave El mar, la lluvia y ella (1960); poemario que condensa un aura neorromántica a través de una intensa lírica conversacional, cuya figura simbólica del agua lo inunda todo produciendo lo trágico, pero también el goce. En 1989, nuestro autor, publica una valiosa novela histórica, incluso anotada por Seymour Menton: No preguntes quién ha muerto. Yauri Montero es también un riguroso investigador de etnohistoria, donde emplea una metodología interdisciplinaria para el análisis de los discursos de la tradición oral. Véanse libros como El Señor de la Soledad. Discurso de la abundancia y la carencia, Simbología de las plantas nativas, Áncash en el tapiz, entre muchos otros. El escritor huaracino, es quizás un intelectual atípico, como algunos pocos, por ofrecer un importante poemario, una notable novela histórica y sugestivos estudios sobre la historia cultural de Áncash, que han forjado un derrotero por donde debe dirigirse nuestra identidad, ya que estudios de esta naturaleza escasean en nuestro medio.

En 1996 Marcos Yauri publicó El hombre de la gabardina con el sello de Azalea; después de casi 18 años, y gracias a la iniciativa de la Editorial Vivirsinenterarse, se acaba de publicar nuevamente esta obra, simbólica para Marcos Yauri, ya que esta define, por mucho, su poética narrativa: la memoria individual, que es a su vez la memoria colectiva arrasada por el tiempo. El hombre de la gabardina (Lima, Editorial Vivirsinenterarse, 2014) es una novela que trata del retorno del personaje Ulises del Pozo Montero a la ciudad de Huaraz, después de muchos años y donde el reencuentro con ésta provoca un conflicto.
El crítico literario gallego Benito Varela Jácome señaló, en su libro Renovación de la novela en el siglo XX (1967), que “el tiempo desempeña un papel significativo en las realizaciones teatrales, cinematográficas y novelísticas contemporáneas. El centro de la problemática temporal de la novela cambia según los autores: la búsqueda del tiempo perdido proustiano, el tempo lento, en Mann, Proust, Azorín y Miró; la ruptura de la secuencia temporal, en Huxley y Faulkner” (p. 77). En la novela que nos concierne, el tiempo también cumple un rol protagónico. La búsqueda angustiosa del tiempo perdido es en la novela obsesiva, va desde la contemplación de la ciudad, de los objetos (cuadros, asientos, pisos, etc.), hasta las personas activan la memoria y el pasado en el personaje principal, Ulises del Pozo Montero. Entonces el tiempo es el personaje que destruye a la ciudad, a las personas y se muestra dura y hostil. El tiempo es implacable con todo:

Me lacera la nostalgia, como cuando en una ciudad ajena, de improviso encuentras a un anciano o a una anciana que te recuerdan a tu padre y a tu madre, y entonces crees haber vuelto y que los dos te miran; pero pasado el deliquio tu alma se te derrama como un litro de sal. (29).

La novela se inicia el miércoles trece de enero con el retorno del personaje Ulises del Pozo Montero a la ciudad de Huaraz, su regreso se produce porque una de sus sobrinas, Yeni, se casa con Alberto Wong. Sin duda, hay dos elementos que rápidamente se precipitan y nos llevan a la Odisea de Homero, el tema del retorno del héroe y las celebraciones nupciales. En el texto de Yauri, estos temas se manejan a partir de una técnica que se entrecruza con los tiempos. Por un lado, la primera obedece al tiempo objetivo y donde se narra a partir de un estilo cronístico, dicha idea lo corroboran los «metatextos» como los títulos de las secciones, los epígrafes y los días fechados (del miércoles 13 al lunes 18 de enero). Asimismo, la figura del narrador, en este sentido, se orienta a la de los cronistas del siglo XVI, ya que se observa en la lectura cómo el personaje Ulises del Pozo Montero describe detalladamente los pormenores del viaje, la impresión que le produce Huaraz, luego hace un recorrido de la ciudad observando las particularidades y los cambios que ésta ha sufrido con el tiempo, la migración, la dispersión, los gobiernos que no han hecho nada, la modernidad desbordada, etc. Por otro lado, se observa el tiempo subjetivo, el del pensamiento, el tiempo de la nostalgia, el recuerdo, la memoria, el del sueño, las alucinaciones, etc. Esta se puede observar en cómo los personajes que aún viven como el padre del forastero, Claudio del Pozo Henostroza, quien recuerda a sus seres queridos que han sido tragados violentamente por el tiempo, recuerda la vida en el campo, los episodios cotidianos con su esposa Carlota, recuerda la muerte de sus perro Argos II, los viajes de trabajo, entre otros episodios que son activados a través de la memoria. El anciano en un pasaje de la novela, conversa en su mente con su esposa:

Carlota, ¿cómo la pasamos? Vivíamos en un cuartito alquilado, al lado su cocinita, con un patio de este tamaño, allí esperabas con tus comidas hechas con lo poco que teníamos. (p. 51).

En otro momento el anciano dice:

Carlota, el árbol no resiste al tiempo, ¿recuerdas el eucalipto gigante por el que nuestro hijo siendo niño lloró creyendo que se moriría porque le había clavado un clavo?, ¿el saúco que a la entrada formaba un hermoso arco? Al eucalipto lo tumbó el viento y el saúco se ha secado… Ah, Carlota, estos campos si los vieras ahora, son tierras muertas, no son el paraíso de antes. (p. 53).

Por otro lado, el forastero, Ulises del Pozo montero también recuerda a sus amores de otros años: Eliane, Delia y Helena. En la novela El hombre de la gabardina, el amor es un vago recuerdo que sirve para avivar momentos de felicidad en un escenario duro y hostil como también sucede en la novela histórica No preguntes quién ha muerto.

Desde otra perspectiva, conviene también subrayar cómo el personaje recuerda a los amigos que ya se fueron y cómo reconstruye la figura de su madre. En este proceso, a veces gana el melodrama, donde situaciones cotidianas y familiares se dejan evidenciar y aquí se produce la relación simbólica entre «padre, madre e hijo», un triángulo afectivo que no abandona a la novela hasta el final.  En una escena Claudio del Pozo Henostroza desde su remembranza expresa:

El que más me ha hecho y aún hace sufrir es Ulises. Desde que entró en la escuela sentí como si un pedazo que se le hubiera roto a mi corazón volaba por el mundo y peor fue cuando entró en la universidad, su madre con rabia me decía: «odio a esos camiones, porque se llevan a mi hijo». Más tarde se casó y se fue, por último dejó la ciudad para irse en busca de sus ilusiones. (p. 87).

La versión de La Odisea, en esta novela, se haya ligeramente invertida. Aquí Telémaco es Ulises del Pozo Montero, quien va en busca del recuerdo de su madre en la ciudad de Huaraz, pero ese recuerdo se torna dramático y crudo; porque la ciudad ya es otra, se ha transformado y solo encuentra a su padre, ya un hombre nonagenario, que al igual que él se resiste terriblemente a la violencia del tiempo. Éste es a su vez un Ulises, ya que viaja a través del recuerdo y la memoria a rescatar la figura de su amada esposa Carlota. La imagen órfica aquí resulta importante, el padre a diferencia del hijo, la rescata por medio de la memoria en sus sueños y al final de su vida desciende hasta el lugar de ella para encontrarse. Sin duda, el tema del viaje, simbólico, a través del recuerdo y la nostalgia cobran un caro cariz. En una entrevista que publicáramos en el 2014, Marcos Yauri sostiene lo siguiente:

Somos peregrinos en la tierra. Todos tenemos dentro un Ulises y todos de algún modo somos Ulises. ¿Pero, porqué digo esto?, porque uno siempre se está buscando: por ejemplo, cuando uno evoca su niñez o su juventud y quisiera volver a esos tiempos, está siendo de alguna forma un Ulises. (p. 29)

Sin duda, hay dos espacios que se focalizan en la novela a partir de la figura del viaje. El primero es el espacio que mitifica a Huaraz con dos rostros; el de ahora, lleno de desorden y fealdad y; el Huaraz de antaño, lleno de muebles vieneses, de art nouveau y otros artificios que encapsulan una bella época vista desde la perspectiva de la utopía; como proyecto, idea o sistema irrealizable en el instante en que se piensa o se planea. Quienes hablan de este Huaraz son el forastero Ulises del Pozo Montero, Claudio del Pozo Henostroza, Carlota Montero, entre otros. El segundo espacio es el del mundo de los muertos, desde donde habla Carlota Montero Mejía, la madre de Ulises. Son dos espacios y dos tiempos que se entrecruzan a partir de sueños, alucinaciones y a partir de un tiempo mítico, que rige a los muertos, pero que no se conecta con el mundo de los vivos sino a través de la memoria. En un pasaje de la novela se lee:

En el cielo, doña Carlota despierta al ser nombrada por su esposo. Por la ventana gótica mira las avenidas que se desdibujan en la neblina azul, allí donde flotan melodías suaves, caen hojuelas de oro y garúas etéreas. (p. 20).

Otro tema importante en la novela es el de la «identidad» en el narrador personaje, y la noción de «extranjerismo» con la que él mismo se define. La identidad de Ulises del Pozo Montero está en el Huaraz de antaño, pero aunque ahora esa ciudad ya no esté, este es su Ítaca a la que siempre anhela volver, aunque ya no esté físicamente ésta está en su corazón. De este modo, la identidad del personaje se halla en la utopía, en la memoria del pasado, en la nostalgia de los seres que ahora ya no están más. Asimismo, hay un énfasis particular en subrayar el carácter «letrado» del personaje en la novela, pues éste muestra dominio de la literatura occidental, de la literatura peruana y latinoamericana, de la historia, entre otros tema que abordan en sus diálogos y pensamientos. Por otro lado, desde la perspectiva de los sobrinos y los nietos, Ulises del Pozo Montero no es un extranjero, sino más bien éste se define como tal por pertenecer a otra generación y porque la ciudad que conoció no es la misma sino otra, ajena a él. La ciudad, también protagonista a ultranza está transformada y con otras gentes, eso posibilita en el personaje un efecto traumático al sentirse solo en la ciudad, su padre también se haya envuelto en la soledad, se sienten desamparados de madre y esposa, respectivamente. Son extranjeros en un medio hostil, deformado, donde se oye el murmullo desgarrador de la vida, el violento encuentro con el pasado, la proliferación de la desesperanza y la orfandad. Como diría el mismo Ernesto Sábato en su libro El escritor y sus fantasmas (2006): “el gran tema de la literatura no es ya la aventura del hombre lanzado a la conquista del mundo exterior sino la aventura del hombre que explora los abismos y cuevas de su propia alma” (p. 32).
Finalmente, la visión fatalista acompaña a la novela de inicio a fin. El narrador autobiográfico sabe que retornar, al igual que Ulises en La Odisea, es un proceso violento incluso para sus emociones. No tiene la certeza de que todo lo que vio y amó aún lo esperarán; la ciudad, los amigos, los familiares los amores juveniles, no sabe si el recuerdo de su madre muerta también aguardará allí en aquella ciudad de la sierra. Hay un dramatismo que se manifiesta en los personajes de principio a fin, son personajes desgarrados y huérfanos del tiempo. Se sienten ajenos a esta nueva generación, ven de modo apocalíptico la metamorfosis en la que se haya la nueva ciudad, por momento el telón de fondo del terrorismo también se adhiere a ese clima duro y hostil donde los personajes se desenvuelven nostálgicamente.


Por lo que queda decir de la novela El hombre de la gabardina de Marcos Yauri Montero, esta es una novela de la angustia por el inminente desarraigo que sienten los individuos ante el paso del tiempo, ante la pérdida del espacio histórico cultural mitificado. Es una novela donde el tiempo es el protagonista, y donde lo efímero del presente está compensado por el recuerdo y el pasado. El mismo Marcel Proust, autor por cierto muy leído por Marcos Yauri, dirá en su libro En busca del tiempo perdido: “la última reserva del pasado, la mejor, es la que, cuando todas nuestras lágrimas parecen agotadas, sabe aún hacernos llorar”.



Huaraz, 19 de febrero del 2015,
día en que miles de almas besan los pies al Señor de la Soledad,
patrono de Huaraz






Referencias bibliográficas:

MAUTINO GUILLÉN, Alejandro. (2014). La Biblioteca del Minotauro. Entrevistas con escritores ancashinos. Huaraz: Killa Editorial - Facultad de Ciencias Sociales, Educación y de la Comunicación de la UNASAM.
PROUST, Marcel. (2013). A la sombra de las muchachas en flor. En busca del tiempo perdido II. Barcelona: Editorial RBA.
SÁBATO, Ernesto. (2006). El escritor y sus fantasmas. Buenos Aires: Editorial Planeta – Seix Barral – La Nación.
VARELA JÁCOME, Benito. (1967). Renovación de la novela en el siglo XX. Barcelona: Ediciones Destino.
YAURI MONTERO, Marcos. (2014). El hombre de la gabardina. Lima. Editorial Vivirsinenterarse.
…………. (1996). El hombre de la gabardina. Lima: Editorial Azalea.