jueves, 14 de julio de 2016

TRAS EL REINO DE LAS DESOLACIONES. LA POESÍA DE JUAN CARLOS LUCANO.


La poesía en Áncash, en las últimas décadas, ha traído valiosas propuestas que se materializan en voces como la de Ricardo Ayllón en Un poco de aire en una boca impura, Juan Carlos Lucano con su poemario La hora secuestrada, César Quispe con su libro Una piedra desplomada, Wilder Caururo Sánchez con Pájaro. Escrito para no matar, Dante Lecca con Breve tratado de ternura, Denisse Vega Farfán con El primer asombro y Antonio Sarmiento con La colina interior, entre los más importantes. Este dato resulta significativo; por un lado, se advierte que la mayoría de los poetas mencionados son chimbotanos (o tienen como foco cultural el puerto) y; por otro, se observa que existe una creciente continuidad escritural en Áncash forjada por escritores jóvenes.

Juan Carlos Lucano (Chimbote, 1975) es licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional del Santa y realizó una Maestría en Educación en la Universidad César Vallejo. Asimismo, ha colaborado con artículos y comentarios literarios en el diario La Industria de Chimbote, cuyos textos seleccionados conforman La intimidad de la invención (2011); libro de crítica literaria sobre autores locales, nacionales y extranjeros. Fue, además, miembro fundador del grupo de literatura Brisas y participó en las publicaciones colectivas Tres sangres, un sentimiento (1998) y Voces del silencio (1999). Ha publicado las plaquettes Deseres (2002) e Instintoz (2004) y los poemarios Rosas negras (2005) y La hora secuestrada (2006).

El reino de las desolaciones (Ornitorrinco Editores, 2016) es una antología personal, dividida en cuatro secciones, que reúne lo más selecto de la poesía de Juan Carlos Lucano. Desde nuestra perspectiva, haremos una revisión de los aspectos temáticos que se abordan en dicha escritura y observaremos qué aspectos técnicos literarios se desprenden en esta antología personal.

Hay tres grandes tópicos que comprende la poética de Juan Carlos Lucano en este libro. El primero es el viaje al reino interior de las percepciones a partir de la deconstrucción del yo; el segundo, es la visión crítica sobre el espacio simbólico donde mora la humanidad a través de una postura de insatisfacción con el universo exterior del sujeto poético (Ligado a la posmodernidad que se presenta como un instante angustioso y crítico) y; el tercero, la desacralización de la figura divina como dadora de armonía.

El primer tema que desarrolla Lucano en este libro es el viaje al reino interior de las percepciones a partir de la deconstrucción del yo. Este accionar se torna angustioso, pues el yo se haya en un conflicto, en una escisión de su unidad, de su identidad, incluso de su colectividad representada en conceptos de “hermano”, “padre”, “hijo” y “mujer” a lo largo de las páginas del texto. De esta manera hay un énfasis particular en la figura del yo poético en el libro, pues este percibe la realidad exterior y la interioriza en un diálogo reflexivo con su otredad a partir de un tono exhortativo. Por ejemplo en el poema “La danza del tambor” se lee: “En esta que ahora/ Es la casa de mi hijo/ Yo te digo/ Ni siquiera te aproximes/ Ni te engañes/ Cuando escuches/ Una voz de mujer/ Que viaja como fuga de tambor/ Desde el cuero profundo/ Para hacerte bailar/ Sobre el sacrificio/ De tu hermano…”; en otro poema como “El viejo aire” se leen estos versos: “Hay una sospecha en el aire que nadie huele/ Y que nadie quiere/ Y que solo el que expone la mano/ Y el lomo cansado teme/ Esta es la incertidumbre/ De los que en la puerta del barranco no resisten/ El aire usado…”. Como se puede observar, esta escritura busca un diálogo reflexivo y exhortativo que también se evidencia en “La desconfianza”, donde se lee: “Dime única razón/ Dime único mortal/ Si aún te queda un poco de vergüenza/ Hasta cuándo atizarás la llama en el bosque/ Y la fe será un agravio en las comisuras que llenan el vientre/ ¿Será acaso que lo único que esperas…/ Sea borrar cada instante que nos queda?”. Este diálogo; por un lado, obedece una visión crítica de la realidad, del entorno, del cosmos que rodea al yo poético y; por otro, a la interioridad del yo, un cuestionamiento de sí mismo. El poema “La voz” puede resultar ilustrativo para referirnos sobre el cuestionamiento y la incertidumbre del proceso de individuación del yo: “¿Quién nos regaló este cuerpo?/ Truenan unos labios/ Acaso fuiste tú Señor/ O la loca idea que se precipita de la hermana lluvia/ Hay una sola voz que no se escucha/ Y esa es tu voz Señor”.

El segundo tópico del libro es la visión crítica sobre el espacio simbólico donde mora la humanidad a través de una postura de insatisfacción con el universo exterior del sujeto poético (ligado a la posmodernidad y que se presenta como un instante angustioso y crítico). En la poesía de las últimas décadas se puede rastrear algunos tópicos de lo posmoderno. Respecto a esta el filósofo italiano Gianni Vattimo y el pensador francés Jean-François Lyotard coinciden en subrayar que este es un momento filosófico e histórico que indica la crisis y el fin de los ideales del siglo anterior. Este se caracteriza por la fragmentación del yo, el debilitamiento de la historicidad que cuestiona a la historia oficial que aparece como catastrófica y en la que se erigieron conceptos como progreso, humanismo, cultura, religión etc., como categorías trascendentales para interpretar y normar la realidad. Sin duda, el hombre posmoderno reconstruye su historia en base a trozos, fragmentos, una perturbación de los recuerdos que condesan una atmósfera hedonista caracterizado por el individualismo y la angustia. En el poemario tienen un valor simbólico conceptos como “Casa”, “Ciudad” y “Tierra”, pues estos se presentan como deícticos que subrayan el lugar donde mora la humanidad posmoderna. Verbigracia, en el poema “La danza del tambor” se leen estos versos: Solo/ Bailando las angustias/ Que lo hacen sentirse/ Falso renacido/ En esta que ahora/ Es la casa de mi hijo/ Yo te digo/ Ni siquiera te aproximes…”; en otro poema como “último viaje” se lee: “mi suerte y dolor un cristo crucificado/ nuestra casa un madero clavado…”. Un poema que puede resultar ilustrativo para referirnos sobre el lugar simbólico que se otorga a la ciudad es “El viejo aire”, donde se leen estos versos: “El aire usado/ La ciudad ya no es la misma/ Solo un espeso viento toca las cuerdas/ De un cuerpo que en la ventana de la mañana/ Le dice adiós a los días/ Quién no ha sido arrastrado por el hartazgo empedrado”; en otro poema como “Hedónicos” se subraya: “la ciudad ahora los advierte/ desde los ojos de la acera/ el olor de féminas/ y faunos acompañan/ por la esquina la caricia derramada”. El valor simbólico que pone énfasis en el concepto de “tierra” quizás merezca una atención especial, pues esta se repite en muchos poemas. Por ejemplo, en el poema “La desconfianza” se lee: Hasta cuándo he de pelearnos con los frutos de la tierra/ Dime única razón/ Dime único mortal/ Si aún te queda un poco de vergüenza...”; en otro poema como “La fe cansada” se leen estos versos: “Este es el cansancio de una cruz blasfemada/ Que de rodillas nos conduce a la tierra/ Como cuando un tronco seco renuncia a su gallardía y/ Se tropieza con el suelo…”; en este otro poema como “La hora” se enfatiza: “Me he derramado en aquel vetusto sillón/ Y le he pedido al centro de la vieja tierra que me levante con su peso/ A esta hora ingrata no tengo un camino…”, entre otros ejemplos. En este apartado, como observamos, tanto casa, ciudad y tierra encierran un valor simbólico, pues este es el espacio donde mora la humanidad, ese es el reino donde gobierna la desolación en un tiempo posmoderno.

El tercer tópico que observamos en este libro es la desacralización de la figura divina, del tiempo y del espacio referencial. Esta reconstrucción desacralizadora, sin duda, obedece a una práctica neobarroca y posmoderna. En esta se imbrican personajes míticos, elementos arquetípicos de los discursos bíblicos, pero al mismo tiempo sujetos ligados a lo posmoderno y a la ciudad. Este elemento se torna angustioso, pues el yo se haya en un conflicto, en una escisión de su unidad, de su identidad, incluso de colectividad representada en la desacralización de la figura de Dios. He aquí la importancia de la posmodernidad y el énfasis en el sujeto poético en el poemario de Lucano a través de una tendencia ligada al tono exhortativo y a la desacralización de las figuras divinas, del tiempo y del espacio. Estos versos del poema “La fe cansada” pueden resultar ilustrativos: “Este no es el camino de un Dios prometido/ Sino la angustia más infinita/ Que nos saca la lengua cuando le damos la espalda/ Ay del hombre heredado y la tierra soñada/ Que se levanta todos los días recordándole/ La esperanza de una nueva boca/ Que no ha tragado siquiera una miga…”; en otro poema como “El hoyo” se leen estos versos: “quién no ha embarcado sus cuencas en las/ ventanas de dios/ y se ha visto crucificado/ quién torturándose con pesadillas no ha/ parafraseado padrenuestros…”;entre otros ejemplos. Este asunto no es nuevo en poesía. Solo para tomar un ejemplo en la poesía moderna, en Baudelaire aparece este elemento. En la poesía latinoamericana; en Vallejo, Dios es el hombre, el que sufre, trabaja, come, suda y es un asalariado; en el Neruda de Crepusculario, por ejemplo, Dios es un perro y está en todas las cosas vanas y cotidianas perdiendo así su carácter sagrado y; en Benedetti, Dios aparece en su posibilidad de figura femenina y sensual en sus formas. Como ya lo advertimos, esta también aparece en la poesía de Lucano; sin embargo, lo que particulariza la postura de Lucano es una visión desolada y pesimista. Una carencia de confianza en los ideales de la figura de Dios y de la religión donde lo único salvable es la fe que conduce, en este reino de la desolación, a la terca esperanza de la humanidad.

La poética de Lucano en El reino de las desolaciones se construye a partir de una estética postvanguardista que tiene sus fuentes en la segunda mitad del siglo XX y que redefine los aportes del surrealismo. En el libro el territorio de la desesperanza, en el que la sensación de hundimiento o el vacío provocado por la angustia, el dolor o la tristeza honda, se manifiesta a través de imágenes duras y pesimistas. De este modo, la desolación gobierna sobre el elemento simbólico del espacio donde habita la humanidad. Sin duda este libro confirma a un autor de valía para nuestras letras.



Alejandro G. Mautino Guillén
Universidad Nacional Santiago Antúnez de Mayolo

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