martes, 20 de septiembre de 2016

LA POÉTICA DE ANTONIO SARMIENTO EN LA COLINA INTERIOR. UNA LECTURA DE SUS CONSTANTES DISCURSIVAS



Las últimas promociones de poetas en Áncash han demostrado un contundente manejo y dominio de la palabra que se materializan en propuestas como la de Manuel Cerna en Poemas perdidos, Ricardo Ayllón en Un poco de aire en una boca impura, Juan Carlos Lucano con su poemario La hora secuestrada, César Quispe con su libro Una piedra desplomada, Wilder Caururo Sánchez con Pájaro. Escrito para no matar, Dante Lecca con Breve tratado de ternura, Denisse Vega Farfán con El primer asombro y Antonio Sarmiento con su obra La colina interior, entre los más importantes. Este dato resulta significativo; por un lado, se advierte que los poetas provienen de Chimbote y Huaraz y; por otro, se observa que existe una creciente continuidad escritural en Áncash forjada por escritores que han sabido llevar en alto el peso de autores mayores como Carlos Eduardo Zavaleta, Óscar Colchado, Marcos Yauri, Juan Ojeda, Julio Ortega, Rosa Cerna Guardia, Macedonio Villafán, entre otros.

Recientemente acaba de publicarse La colina interior (Ediciones Copé, Lima, 2016), poemario de Antonio Sarmiento Anticona (Chimbote, 1966), quien resultó ser el ganador del Premio Copé de Oro de la XVII Bienal de Poesía “Premio Copé 2015”, quien además pertenece a esas últimas promociones de poetas en Áncash que demuestran un innegable dominio y manejo de la palabra como ya hemos mencionado.

El libro del autor porteño está dividido en dos partes precedidas por un poema del mismo autor que se anticipa como un epígrafe. Se trata del poema “Ofertorio”, donde a partir de una poética intertextual, que sostiene la figura del arqueólogo del siglo XIX, el francés Jean-Baptiste Le Chevalier, que indagó en excavaciones buscando la Troya cantada por Homero, se busca liar una memoria histórica. De esta manera, en este ofertorio, la voz poética busca consagrar a aquello que ha permanecido bajo tierra o bajo la memoria: “Esta historia empezó/ cuando los hombres de la misión/ excavando en roca mineral/ al este de la colina desenterraron/ una sombra del tamaño de un fardo pequeño” (p. 11).
Desde mi punto de vista, la poética de Sarmiento se estructura a partir de tres constantes marcadas y diferenciadas que son el espinazo del gran pez que es su poesía.

La primera constante se refiere a la naturaleza que se resemantiza con el pasado. De este modo, en el poemario se desenvuelven tres elementos simbólicos que excitan la memoria en base a representaciones e interrelaciones: la figura simbólica de la arena, la figura simbólica del mar y la figura simbólica de la colina. Para José María Albert de Paco (2003), la arena “representa la multitud. En virtud de su naturaleza maleable y de la sensación que experimentamos al tender o caminar sobre ella, la arena, evoca, asimismo, el regreso del hombre al útero materno” (p. 150). La arena, entonces, es un elemento importante en el poemario, aparece como un velo que lo cubre y lo oculta todo en sus múltiples formas como barro, tierra, polvo o arena. Los siguientes versos del libro pueden resultar ilustrativos: “Porque eres polvo y origen/ azogue y cristal/ leve substancia y madera/ con que están hechos los marmóreos sueños/ útero y matriz” (p. 25). El otro elemento es el mar. Para Juan Eduardo Cirlot (1992), “el mar simboliza la inmensidad misteriosa de la que todo surge y a la que todo torna” (p.45). La literatura se ha referido a éste de múltiples formas que parecen coincidir. Dos ejemplos bastan: “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique y El cementerio marino de Paul Valéry. En La colina interior de Sarmiento, también el mar tiene esa representación, muy ligada al elemento tanático y sus múltiples formas como el olvido. En el poemario, volver a la figura del mar es como retornar a la madre, al origen de todo, que es también el morir, ya que el recuerdo se encuentra en el pasado con la abuela, papá, mamá, los pescadores y los amores. Esos personajes solo se ubican en la memoria de la voz poética que a la usanza rulfiana aparecen y desaparecen. Estos versos que aparecen en el libro pueden resultar ilustrativos: “Y el reino se desplazó con las olas/ en un vaivén eterno hacia su refugio el mar” (p. 45). Otro elemento que aparece es la figura de la colina, que en el texto tiene un doble sentido. Por un lado, desde una perspectiva topográfica, la colina es una elevación natural de terreno, que en el poemario hace alusión a colinas alojadas en la costa y que ocultan una historia trágica (huacas destruidas por el tiempo y el terremoto de mayo del 70) al igual que la colina de Hissarlik (que antiguamente se creía ocultaba la historia de la Troya de Homero). Por otro lado, la colina “interior”, desde una perspectiva simbólica, representa las formas que ocultan un mundo interno en caos y que se visualiza a través de la memoria individual del yo, que a su vez activa las prácticas culturales de la memoria colectiva. De esta manera la colina no solo es un montículo de tierra que cubre un espacio, en este caso cubre una historia y objetos de personajes que yacen en escombros, enterrados en el tiempo pero que son descubierto por la memoria y el inconsciente a través de la figura del arqueólogo Le Chevalier que se anticipa como un alter ego de la voz poética. En el poema “Una partida en las rocas” se pueden leer estos versos: “Alrededor de la colina corría el viento ronco/ y macizo, había sedimentos de moluscos/ algunas vasijas rajadas, utensilios hundidos en la arena/ agarrándose de las últimas raíces la memoria/ una lámpara de miel, sílabas rotas” (p. 50).

La segunda constante lo conforman las figuras del discurso que activan la memoria. Por un lado está Le Chevalier (un arqueólogo francés del siglo XIX), que como ya hemos explicado se anticipa como un alter ego de la voz poética. Le Chevalier indaga en las excavaciones buscando la Troya cantada por Homero en Hissarlik, que también es el nombre de la llanura donde se inicia la travesía para buscar la ciudad mitificada por el autor griego. Pero en el poemario de Sarmiento, Le Chevalier no solo aparece en Hissarlik sino en La Florida, una barriada de Chimbote, situada muy cerca al mar y afectada por el terremoto de mayo del 70. De esta manera, hay un paralelo entre Hissarlik y La Florida; la primera, oculta enterrada la historia de Troya (la cultura occidental, de élite, de reyes y poder) y, la segunda, el arenal y la humedad del mar ocultan los rastros del desastre del terremoto (la cultura americana, sector marginal, humildes pescadores y objetos cotidianos). Veamos esos paralelismos en este personaje. En el poema “Ofertorio”, por ejemplo, se lee: “Le Chevalier solo se interesó/ por la única canilla real, nítida, que/ extrajeron de un filón de plata viva/ refulgiendo entre tanta evanescencia” (p. 12). En otro poema como “Tierra baja/ tierra alta de La Florida”, leemos: “Encontraron al este de la colina/ indicios de una civilización superior según/ lo comprueba la avanzada textilería/ de la cámara mortuoria de la reina abuela” (p. 17). Asimismo, están las figuras representadas que activan la memoria cultural del espacio simbólico del litoral. En el poemario, aparecen diversos personajes que terminan por darnos una imagen de La Florida. Éstos aparecen metaforizados a través de la arqueología como es el caso de la abuela; la figura femenina aparece muy ligada al ámbito sexual unida al mar; los pescadores aparecen en sus faenas cotidianas y el yo poético en sus experiencias parece ser el testigo de un mundo feliz, ahora utópico en su memoria. El poema “De cuando el mito dejó de serlo”, puede resultar didáctico: “yo vivía cerca del mar, había una/ pequeña caleta de hombres rudos y sacros/ con una estatua en las redes, de cuando/ el mito se erguía en su única calle” (p. 57). En otra parte del libro se leen estos versos en prosa: “En el terremoto del setenta/ yo aún deletreaba mazurcas en brazos de una/ madre/ áurea y extensa como los oscuros pajonales serranos/ hoy al reverdecer mis años voy sintiendo más fuerte su remezón” (p. 25).
Estos tópicos, evidentemente, buscan vincular al hombre moderno a una idea no reducible a su transitar en su rutinariedad, sino descubrir lo fundamental en esa existencia: su fuerza para batallar, o si se quiere, sobrevivir su cotidianidad y su memoria, lo cual puede llegar a tener una carga mítica personal.  Al respecto, Mircea Eliade (1961) plantea que “en el nivel de la experiencia individual el mito nunca ha desaparecido completamente: se hace sentir en los sueños, las fantasías y las nostalgias del hombre moderno” (p. 24). De esta manera, se puede entender que para Sarmiento no haya mayores diferencias entre Hissarlik y La Florida, ya que cada personaje que aparece bajo la colina, bajo los escombros, bajo el olvido también posea una carga mítica. Ahí están la figura de la abuela matriarcal, los pescadores como antiguos viajeros troyanos, el ermitaño como un hombre iluminado y extraño para los demás, etc. Por ello no es gratuita la relación que hace Sarmiento. Él percibe un aura mítica, donde héroes marginales con historias degradadas posibilitan el nacimiento de un nuevo esquema: el mito del hombre moderno que se resuelve en universo avasallante y deshumanizador.

Y finalmente, la tercera constante es la poética de la interdiscursividad e intertextualidad. En la poesía de La colina interior se produce un continuo diálogo en dos modalidades: a nivel discursivo y a nivel textual. La interdiscursividad se da través del diálogo de la literatura con otros discursos como la Arqueología y la Historia. La arqueología aparece en las referencias que se hace sobre Le Chevalier (y sus excavaciones buscando la Troya de Homero) y algunos restos arqueológicos de algunas culturas antiguas escondidas bajo la arena en La Florida; mientras que la parte histórica describe con profundo pesar la historia de La Florida y el funesto mes de mayo del terremoto de 1970. Asimismo, la intertextualidad se da a través del diálogo creativo de la poesía de Sarmiento con la poética de otros autores como Rulfo (a través de la prosa y la poesía se describe un universo asolado por el terremoto, pero éste recobra vida por medio de la memoria que vive su propia odisea buscando su identidad y su gente).

Desde nuestra perspectiva, Marcos Yauri con Tiempo de rosas y de sonrisas… y Antonio Sarmiento en La colina interior; son los dos autores que han penetrado en el dolor y la memoria del terremoto de mayo del 70. El primero hurga desde la narrativa en una crónica del dolor y el espanto que produjo el desastre en la zona andina; mientras que el segundo, en poesía, en la zona costera, reconstruye una ciudad en torno a imágenes del pasado y la infancia que han sido afectadas por el fenómeno telúrico y que la memoria reactualiza y consagra.

Sin duda, La colina interior de Antonio Sarmiento es un libro valioso dentro de las poéticas últimas en nuestro país. El libro confirma a su autor en el tortuoso camino de la literatura, donde sin duda habrá que subir muchas colinas para develar el verdadero cordón umbilical que nos nutre, la tierra y la poesía hecho mar.



Referencias bibliográficas

Albert de Paco, José María. (2003). Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Óptima.
Cirlot, Juan Eduardo. (1992). Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Labor.
Eliade, Mircea. (1961). Mitos, sueños y misterios. Buenos Aires: Fabril Editora.
Sarmiento, Antonio. (2016). La colina interior. Lima: Ediciones Copé.


1 comentario:

Byron Isacio dijo...

Muy buena propuesta poética para las nuevas generaciones. La poesía de Antonio se abre como una ventana y nos deja una luz que alimenta la imaginación. La combinación del arte y la historia es muy interesante en los versos de Sarmiento... Saludos