
El caballo es un animal dominado por la hermosura y
la armonía; esta le ha servido para estar presente en la mitología, la
literatura y el arte. Hay algunos representantes dignos de mencionar como
Pegaso, Rocinante de Alonso Quijano, Babieca del Cid Campeador, entre otros. Asimismo,
la representación del caballo en la historia y la literatura peruana no es
reciente. Esta se deja notar desde las crónicas que narran episodios donde los
españoles utilizan al equino como animal de batalla, que atropella a los
indios, los pisa y los despedaza. En la poesía peruana moderna aparece representado
en el poema “Los caballos blancos” de Manuel González Prada; en el conocido
poema “Los caballos de los conquistadores” de José Santos Chocano; en el poema “El
caballo” de José María Eguren; en el poema “LXI” de Trilce de César Vallejo; en “Balada para un caballo” de Jorge
Pimentel; en “Un caballo en casa” de Wáshington Delgado; también aparece en otros
poetas que han cantado al equino como Carlos Germán Belli, Jorge Eduardo
Eielson, Mariela Dreyfus, etc.
Recientemente Marcos Yauri Montero (Huaraz, 1930)
acaba de publicar Un caballo en la Av.
Roca y Bologna (Huaraz, Killa editorial, 2015), donde el símbolo, la
memoria y la posmodernidad inundan todo el poemario. El título del libro hace
alusión a un caballo (representación del alter ego del autor) en la Av. Roca y
Bologña de Miraflores, por donde transita en medio del caos, vehículos,
edificios, bulla y un ambiente gris y hostil.
De este modo, el caballo es una figura importante en el libro, este se
configura como un símbolo polisémico en la poesía peruana, unos están ligados a
valores culturales y otros a valores privativos de cada autor. En la obra de
Yauri, el caballo simboliza al hombre que huye de sí mismo y del tiempo para
ingresar a la dimensión del recuerdo y la nostalgia. Tal como se puede observar
desde nuestra lectura, la figura simbólica del caballo funciona como un
elemento catárquico.
Por ejemplo, en el poema “Un paseo” se lee:
El sol le pasa su lengua a la montaña negra.
Por entre las ramas un rayo me hiere.
Abajo, entre hojas, leña, cactos, me espera mi hermano.
Él no sabe que soy un caballo (p. 19).
En otro poema “Con canto ajeno” se leen los siguientes versos:
Vimos llegar gente del mar, políticos, mafiosos, gentes
del norte, del centro, del viento, del este.
Del oeste, del sur, del vicio, de la avaricia.
De todo se adueñaron, sintiéronse superiores a los caballos.
Nuestra ciudad, ay caballo, de pulverizada se perdió
para siempre (p. 25-26).
Un poema como “Tú y yo, Caballo”, puede resultar ilustrativo para
referirse a la figura simbólica del caballo que busca libertad en un medio
hostil y gris como Lima.
Otro elemento importante e iterativo en el poemario (y también en toda
la obra de Yauri) es la memoria. El antropólogo alemán, Jan Assmann distingue
dos tipos de memoria: la cultural y la comunicativa. «La memoria cultural»
cumple una función de almacenamiento social y la «Memoria comunicativa»,
realiza la función de una memoria de todos los días que se sitúa en la
actualidad. Desde mi perspectiva, en la obra de Marcos Yauri ambas se conectan
constantemente.
Por ejemplo, en el poema “Copo de algodón” se lee:
Duele el recuerdo. Duele la distancia.
…
Aldea y casa perdidas hace un millón de años
multiplicados por otro millón de veces,
con la madre llamando para el manjar
por su ternura misma modelada
hasta llegar a ser blanda y bella
como un copo de algodón (p. 17).
En otro poema como “Historia de abuelos”, se recuerda anecdóticamente la
figura del abuelo en su funeral. La memoria cultural se haya en la referencia
al canto del «salve, salve» en las exequias del abuelo. En los versos del poema
se lee:
Un anciano parecido al ex guerrero San Pablo
entonó canciones de los muertos.
Con sus manos sostenía un libro enorme como si
fuera su espada. (p. 20).
Esta referencia cultural, se deja notar también en el poema “Tiempos
felices”, donde se lee:
Era yo relámpago, crines en torbellino, trueno.
Mi frente apuntaba a la vía láctea, Río Grande,
Río Jordán de los muertos de los grandes mitos.
Verdes orillas en flor, a la sombra
duermen perros que allegada la hora
me harán cruzar sus aguas camino al paraíso. (p.
27).
Finalmente, otro elemento que aparece en el
poemario es la posmodernidad. El filósofo italiano Gianni Vattimo y el pensador
francés Jean-François Lyotard coinciden en subrayar que la posmodernidad es un
momento filosófico e histórico que advierte de la crisis y el fin del siglo XX.
Este se caracteriza por la fragmentación del yo, el debilitamiento de la
historicidad, que cuestiona a la historia oficial que aparece como catastrófica
y en la que se erigió el Progreso, el Humanismo, la Cultura, etc., como
categorías trascendentales para interpretar y normar la realidad y; la visión pesimista,
que registra la entropía de la modernidad historicista y que ha posibilitado
crear la historia a la luz de los nuevos desafíos del presente. Sin duda, el
hombre posmoderno reconstruye su historia en base a trozos, fragmentos, collage
de recuerdo, pero es un recuerdo hedonista, caracterizado por el
individualismo. He aquí la importancia de la posmodernidad y la figura del
énfasis en el yo poético en el poemario de Yauri.
Por ejemplo, en el primer poema “Coralie” asistimos a la construcción
del discurso amoroso en torno al uso experimental del collage en poesía. De
este modo, en el poema se usan citas de conversaciones mezcladas entre palabras
quechuas como Rima-rima e inglesas como Happy birthday que se cruzan con los
recuerdos que van cayendo como la lluvia andina.
El poema “A la sombra de un árbol en flor” puede resultar ilustrativa
para entender la dimensión del yo poético:
Tibia la calle como la palma de mi mano ábrese comedida.
Tengo gastadas mis herraduras, pero mi USB está lleno
de cuanto a mí me encanta (p. 14).
En este contexto posmoderno la figura femenina y la belleza se hallan en
la experiencia de la fugacidad ligada al ámbito de lo dinámico y a la
transformación en las grandes urbes, donde el yo se resiste a integrarse y como
ayuda está la memoria. El poema “Para el mañana falta mucho”; por ejemplo, el
yo poético contempla la belleza femenina en la calle que resulta fugaz y
perecedera:
Descubierta la cabeza, rizos vivos,
ojos sonrientes, Ella susurra:
Nadie sabe ni yo misma sé si volveré.
El semáforo de rojo pasa a verde.
Ella desaparece devorada por un bus azul (p. 21).
Sin duda, Marcos Yauri Montero es un escritor perseverante, cuya obra se
distribuye en poesía, novela y ensayo. Creo con total seguridad, que El mar, la lluvia y ella (1960), No preguntes quién ha muerto (1989) y El señor de la soledad. Discurso de la
abundancia y la carencia (1993),
son las obras más logradas del autor huaracino. El escritor huarasino, es
quizás un hecho atípico, como algunos pocos, pues ofrece un importante poemario
neorromántico, una notable novela histórica y sugestivos (inmejorables, por
cierto) estudios sobre etnohistoria, que han forjado aún más nuestra identidad.
Termino con estas últimas líneas proféticas del
mismo Yauri, se trata del último poema del libro, donde sentencia:
Cualquier avenida es un lugar del mundo.
Los árboles no podrán resistir al tiempo.
Mañana quizás no haya flores amarillas.
¿Alguien sabe qué máquinas rodarán en el futuro?
También yo me habré ido.
Al irme de aquí, de esta Av. Roca y Bologna,
de todos los lugares de la tierra me habré ausentado (p. 52).
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