
Este
estudio tiene un sistema metodológico, teórico y de análisis refugiado en la
base de la Retórica General Textual (especialmente, en este libro, con Stefano
Arduini y Tomás Albaladejo), incluso es un texto que se acerca a un libro
anterior Casa, cuerpo. La poesía de
Blanca Varela frente al espejo (2010). Pero quisiéramos identificar algunos
cambios sustanciales en este nuevo libro; porque como sostiene el crítico “no
creo en la imposición de un solo método para el análisis de todos los poemas”
(p. 14), pues aboga por una óptica interdisciplinaria. En esta nueva
investigación hace una ligera modificación a las tendencias de la poesía
peruana de los años cincuenta, pues agrega una sexta tendencia: la poesía
andina. Asimismo, el crítico involucra la ensayística de Wáshington Delgado (en
especial, Historia de la literatura
republicana (Nuevo carácter de la literatura del Perú independiente y Literatura colonial. De Amarilisis a
Concolorcorvo) con la poesía para indagar si hay una conexión entre ambas.
Otros aspecto, y quizás el más importante, es el sistema metodológico que, a
diferencia de sus anteriores posturas, aquí profundiza especialmente en los
elementos del “texto argumentativo” para luego detenerse en los campos
figurativos, los interlocutores y la visión del mundo en los poemas. En esta
nueva publicación desarrolla los conceptos de la Retórica de la Argumentación,
particularmente de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca en lo que respecta
al funcionamiento de las técnicas argumentativas en una obra literaria, que
como señala el crítico “abre la posibilidad de una lectura pragmática del poema
porque el argumento de un locutor intenta producir un efecto en el alocutario”
(p. 15-16). Para Fernández Cozman, “dicha particularidad de la obra de nuestro
autor aparece a partir de Días del
corazón y, sobre todo, desde Para
vivir mañana; además, permite inferir que esta escritura busca fundamentar
una opinión a través del empleo de una estructura argumentativa determinada”
(p. 19).
El
libro del crítico literario sanmarquino está dividido en cuatro capítulos
precedidos por una introducción. El primer capítulo, “La crítica y la poesía de
Wáshington Delgado”, parte desde dos perspectivas (la cronológica y la comparativa)
para indagar en los comentarios a la poesía de Wáshington Delgado. De este
modo, comenta los enfoques de Luis Jaime
Cisneros, Miguel Brascó, José Miguel Oviedo, Javier Sologuren, Julio Ortega,
Alberto Escobar, Matyás Horanyi, Ricardo González Vigil, Alonso Rabí Do Carmo,
Marco Martos, Edgar O`hara, Américo Ferrari, Santiago López Maguiña, Gabriela
Falconí y Camilo Fernández Cozman, Óscar Coello, Jorge Cornejo Polar, entre
otros. El crítico señala tres periodos en la crítica a la poesía delgadiana: a)
el periodo de los enfoques iniciales (donde se precisa la concisión verbal como
rasgo peculiar de dicha escritura); b) el periodo del predominio de la crítica
estilística tradicional o de los enfoques históricos (que pone énfasis en el
contenido de dichos poemas) y c) el periodo de los nuevos enfoques (desde
varias perspectivas: semiótica, neorretórica, hermenéutica semiótica, etcétera).
Sin embargo, Fernández Cozman advierte que ningún trabajo analiza la naturaleza
argumentativa de Para vivir mañana o El extranjero y ello lleva a estudiar
“cómo el locutor, en estos poemas, busca convencer al alocutario a través del
uso de diversos tipos de argumento en el hilo del discurso poético” (p. 32). Es
valioso este estado de la cuestión pues implica la revisión de las ópticas y el
uso de sistemas metodológicos diversos para indagar en el fondo y la forma de la
poesía de Delgado, esto a su vez permitió evidenciar ciertas limitaciones en
algunos estudios.
En
el segundo capítulo, “Wáshington Delgado y la poesía peruana de los años
cincuenta”, el crítico aborda ciertas marcas políticas y socioeconómicas en
este contexto marcado por la dictadura de Manuel A Odría (1948-1956). En esta
época se evidencia un creciente proceso de urbanización a través de
infraestructuras; por otro lado, la dictadura de Odría representó la restauración
de la oligarquía en el control del país frente a la amenaza que significaba un
partido como el APRA. Entre otros aspectos, todavía se evidenciaba el fantasma
de la Segunda Guerra Mundial, circulaban muchos libros de los existencialistas
franceses, la obra de Vallejo fue redescubierta, Pablo Neruda publicaba hacia
1950 su Canto general que rebatía
sobre la poesía comprometida. Para Fernández Cozman “no es pertinente hablar de
generación del cincuenta porque esta no tuvo un líder espiritual (como lo fue,
en cierta forma, Friedrich Nietzsche para la generación del 98). No hubo un
suceso (como las pérdidas de las últimas colonias ─puerto rico y Filipinas─ que
sufrió España) que aglutinara a escritores como Eielson, Blanca Varela, Juan
Gonzalo Rose, Wáshington Delgado, Carlos Germán Belli, Javier Sologuren, entre
otros” (p. 40-41). En este capítulo, el crítico sanmarquino precisa algunas tendencias
en la poesía peruana de los años cincuenta, aunque subraya que “un autor, en
algunas ocasiones, puede ocupar más de una posición en este panorama, ya que la
versatilidad es una de la particularidades esenciales de estos poetas” (p. 41):
a) La primera tendencia: la instrumentalización política del discurso
(se nutren de la teoría marxista y de las nociones de Jean-Paul Sartre acerca
de la literatura comprometida); b) La segunda tendencia: la neovanguardia nutrida del
legado simbolista (que procura una creativa asimilación de los legados
simbolista y vanguardista, que a su vez distinguen tres subtendencias: la
primera, busca una experimentación formal con miras a un arte total; la segunda,
exhibe una postura neosimbolista que posee una orientación surrealizante; y la
tercera, una versión que emplea una imaginería surrealista y una sobresaliente
manifestación de la libertad en el mundo contemporáneo); c) La tercera
tendencia: la vuelta al orden pero con ribetes vanguardistas (cuyo máximo
representante es Carlos Germán Belli que plantea, en el nivel del lenguaje, la
pugna entre tradición y modernidad. La modernización del lenguaje, de este
modo, se sitúa en el cauce de la asimilación de formas estróficas arcaicas); d)
La cuarta tendencia: la lírica de la oralidad, nutrida del legado
peninsular (caracterizada por la asimilación del legado de la poesía
española, especialmente de la Generación del 27); e) La quinta tendencia: la
polifonía discursiva (hay una narratividad polifónica, donde el yo como
categoría coherente cae en sano desuso y, entonces, brota una multitud de voces
en el poema) y; finalmente, f) La sexta tendencia: la poesía andina (que
tiene como representante a Efraín Miranda). Sin embargo, resulta algo lamentable
que Fernández Cozman no se haya detenido con mayor profundidad a examinar
cuáles son los rasgos particulares y a qué tradición se involucra esta sexta
tendencia que él denomina como “la poesía andina”. Otro aspecto del que se
ocupa el crítico sanmarquino se refiere a las características de la poesía de
Wáshington Delgado y la búsqueda de la identidad nacional, donde señala que
desde el punto de vista temático hay ciertos rasgos distintivos en el ámbito de
la poesía peruana de los años cincuenta: 1) La búsqueda de una identidad nacional
a través de una reflexión sistemática acerca de la historia del Perú; 2) El
escepticismo como práctica cotidiana; 3) La búsqueda de una utopía; y 4) El
tópico de sentirse extranjero en su propia patria. Por otro lado, el profesor sanmarquino
se interesa por la crítica literaria ejercida por los propios poetas de la
denominada Generación del 50. Particularmente, estudia las perspectivas
metodológicas y de análisis de Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Américo
Ferrari y Wáshington Delgado, quienes se han dedicado con entusiasmo a la crítica
literaria en esta generación. Sobre este último (Wáshington Delgado), Fernández
analiza los ensayos Historia de la
literatura republicana (Nuevo carácter de la literatura del Perú independiente)
(1980) y Literatura colonial. De Amarilis
a Concolorcorvo (2002), donde señala que son ensayos fundamentales desde la
perspectiva de la historiografía literaria, pero que sin embargo “revela[n] un
cierto arcaísmo metodológico y no concibe[n] la literatura como un polisistema”
(p. 80). Resulta importante la conclusión tentativa hacia el final de este capítulo,
donde el crítico señala que no se puede
comprender la poesía de Delgado sin su ensayística (que plantea al Perú como un
nación fragmentada, como un mundo dividido), pues argumenta que se tejen
complejas relaciones intertextuales entre la lírica y la ensayística de los escritores
de la denominada Generación del cincuenta.
En
el tercer capítulo, “El poema argumentativo en Para vivir mañana”, el profesor sanmarquino se detiene en los periodos
de la poesía de Wáshington Delgado. El primer periodo (poesía de índole
contemplativa) está bajo la asimilación del legado de Pedro Salinas y el tópico
neorromántico de la lejanía y está constituido por Formas de la ausencia; el segundo periodo (poesía de conciencia
crítica) abarca El extranjero, Días del corazón y Canción española, donde se percibe el influjo de Bertolt Brecht; y,
finalmente, el tercer periodo (poesía escéptica respecto de la realización de
la utopía) que comprende Para vivir
mañana, Parque, Destierro por vida, Historia de Artidoro y Cuán impunemente se está uno muerto. En
este capítulo, el crítico define su sistema metodológico a partir de la conceptualización
de las categorías y los elementos que componen la Retórica de la Argumentación
para luego analizar los poemas “Los pensamientos puros” y “Los tiempos maduros”.
Sobre el primer poema señala que el tono del locutor es el de una diatriba que
intenta desenmascarar el accionar de cada uno de los alocutarios individualizados,
en donde predominan diversos argumentos: a) argumentos casi lógicos, b)
argumentos basados en la estructura de lo real referido a la coexistencia y c)
argumentos de la disociación de las ideas. Sobre el segundo poema señala que
hay “una afirmación de un tiempo nuevo donde los seres humanos reconozcan la
posibilidad de materializar sus sueños de transformación social” (p. 110).
En
el cuarto capítulo, “El poema argumentativo en Cuán impunemente se está uno muerto”, se analizan las referencias
intertextuales del título del libro de Delgado con el poema LXXV de Trilce de César Vallejo. Como señala el
crítico “estar muerto, para Vallejo, es no ser sensible ante el dolor humano.
El título del poemario de Wáshington Delgado establece complejas relaciones
intertextuales con el poema LXXV de Trilce
porque enfatiza que los receptores tomen conciencia de la necesidad de luchar
por sensibilizar al hombre frente a la profunda crisis de valores que afecta al
mundo contemporáneo” (p. 116). Precisamente Fernández Cozman, analiza el poema
“Sobre la traslación de los restos de César Vallejo”, en donde señala que dicho
texto posee las cuatro partes del texto argumentativo (el exordio, la narración,
la argumentación y el epílogo). Desde un punto de vista pragmático ─ del
crítico ─ el poema como macroacto de habla se concibe como una refutación de la
necesidad de discutir el traslado de los restos de Vallejo al Perú. El locutor
en el poema, trata de refutar la opinión del alocutario con el fin de convencerlo.
Para tal propósito emplea una gama de técnicas argumentativas: a) un argumento
de reciprocidad, b) argumentos basados en la estructura de lo real, c) un
argumento de coexistencia y d) un empleo irónico del argumento de autoridad. El
segundo poema que analiza es “Un caballo en la casa”, donde se detiene en analizar
la simbología del caballo para luego referirse a las partes del texto
argumentativo en el poema de Delgado. Para Fernández Cozman, el título
evidencia una oposición entre la libertad y el encierro, además “el locutor que
delibera consigo mismo, no pierde de vista que, en un segundo momento, busque
convencer a un determinado auditorio o a un cierto alocutario” (p. 138), pero
desde el punto de vista pragmático el poema es un macroacto de habla, pues
plantea la afirmación del deseo de libertad y ello se exterioriza en el uso de
ciertos recursos estilísticos de iteración. Hay, según el autor, una argumentación
basada en la formulación de un modelo de conducta que debiera ser imitado por
los demás: “el caballo constituye ese modelo porque lucha por su libertad
individual, evidencia una interrelación con el otro” (p. 140). Quizás hubiera sido posible reforzar aún más
las hipótesis sobre la base de un corpus más amplio de poemas en el tercer y
cuarto capítulo, creemos que cuatro poemas no son suficientes para indagar en
la poética argumentativa de Delgado. Por otro lado, queda la duda de que el
poema argumentativo es una práctica discursiva solo en los poemas de Delgado o
también es una marca discursiva en otros poetas de al menos esa generación.
Por
lo que queda decir, El poema
argumentativo de Wáshington Delgado de Camilo Fernández Cozman es un libro
valioso para los estudios de la poesía peruana del Siglo XX que, precisamente,
indaga sobre uno de sus autores más representativos: Wáshington Delgado. No es
un libro que toma al poeta ni al texto como una isla paradisiaca e inaccesible como
en la prosa de Julio Verne, sino que dialoga constantemente con otros soportes,
no solo con textos del mismo autor, sino con libros de otros poetas peruanos,
asimismo con textos de la tradición occidental, sino también con otras
disciplinas que iluminan el difícil diálogo con los poemas. Por otro lado, la
incorporación de la Retórica de la Argumentación al sistema metodológico de análisis
de la neorretórica hace interesante la visión sobre todo en el abordaje de los interlocutores
en el poema.
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